cuando el ruido se calla

Cuando el ruido se calla atentamente nos empezamos a mirar. No hay ningún sonido, y eso que estamos en plena ciudad. Las gotas de lluvia caen en silencio, yo las miro de la misma manera. Ni inhalar el humo del cigarrillo quiero, porque sería romper la calma. Todo esto, mientras miro a la gente correr y huír despavoridos. Se callan los sonidos, se escuchan a sí mismos.Y todo el mundo se aterra.
"Si se callase el ruido" sería el Holocausto total. Al menos en quien no se escucha, al menos en quien no se atreve a mirar. Eso me imaginaba hasta ese mismo día en que la ciudad se detuvo.
Fue de noche, a las diez. Un viernes como todos los demás, cuando terminaba un verano igual a muchos veranos anteriores.
Los autos no tocaron sus bocinas, ese hombre no cantaba a viva voz los paraguas que vendía para la lluvia. El cielo se nubló y los ángeles empezaron a llorar. El Dios del trueno tronó en silencio y tronaron seguridades por todos los sitios aledaños.
La gente comenzó a correr despavorida. El silencio asusta y ellos se olvidan de ello.
Se escuchaba la soledad ese día, las promesas rotas, los sueños no cumplidos. La de oportunidades que dejó pasar aquél oficinista le clavaban en el pecho, los amores rotos a esa muchacha de tacones altos y perfecta manicure. Los miedos a perder, y el terror a ganar.
Todos chocaban en silencio. Los conductores no se concentraban con el sonido de la nada. La gente se encerraba en sus casas, en sus cuartos, en sí misma. Nadie quería oír, pero la nada es porfiada y siempre tiene algo que decir. Aunque no lo queramos escuchar.
Paró la lluvia, comenzó el ruido nuevamente. Las luces se encendieron, la gente caminaba con normalidad. Conversaciones iban y venían, el vacío regresaba, la verdad se estaba esfumando.
Todos se miraban entre sí y se hablaron cualquier cosa. Todos menos yo, que decidí aspirar mi cigarro, y agradecer al cielo por haber aprendido a escuchar el silencio.

